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jueves, 10 de noviembre de 2011

Mano de León...(2ª parte)

"NO ME RESIGNO A QUE, CUANDO MUERA, SIGA EL MUNDO COMO SI YO NO HUBIERA VIVIDO".

"La capacidad de sufrimiento del ser humano es infinita..."

El descenso hasta Mano de León es rápido. La pendiente de la senda hace que nuestros pies se muevan con mucha agilidad, y vamos dejando atrás metros y metros de camino casi sin darnos cuenta. Los chicos están contentos, para ellos ha sido un día especial. No tienen por costumbre salir de su aldea, y menos para participar en actividades lúdico-educativas como las del festival. Si acaso cuando están enfermos, y a veces ni eso. Aquí, si caes enfermo, o te aguantas o te mueres. Pocas veces hay una tercera opción. Caminan habladores, ruidosos, felices... no son los mismos que hace media hora parecían disculparse hasta por respirar el mismo aire que el resto. Ahora son ellos los que están en su terreno y se enorgullecen de él. Nos van mostrando los campos de maiz, de frijoles, el valle, sus casas, los animales,... su vida.


La llegada a Mano de León

Llegamos al pueblo. Nos recibe el edificio de la escuela, probablemente la mejor construcción de Mano de León; bloques de hormigon, suelo enlosetado y ventanas con cristal. Ahora se está ampliando con dos nuevas estancias que servirán de cocina y de baño. Pero desgraciadamente la obra está a medias porque el dinero se acabó y no encuentran quien los apoye con la financiación. Sorprende cuanto menos que a pesar de que tanto los sanitarios del baño como las cubetas del fregadero de la cocina están colocados en sus respectivos lugares, no hay instalación de tuberías ni colectores para las aguas sucias. Son un bonito adorno, pero desgraciadamente no mejoran las condiciones de vida de la comunidad porque su funcionalidad es nula: la aldea carece de suministro de agua corriente y la elecricidad tampoco encuentra el camino para llegar a la aldea. La vida acaba cuando el sol se apaga, y el agua que los hogares utilizan proviene del manantial cercano al caserío, que no asegura unas condiciones mínimas de salubridad. Hace años una bomba hidraúlica la extraía de las entrañas de la tierra, agua potable que no hacía enfermar a los habitantes del pueblo. Un día el motor se averió, y el dueño del pozo nada hizo para repararlo, ni permitió que nadie lo hiciese. Ese día Mano de León empezo a morir poco a poco.


(Escuela- Al fondo, la tienda)
Siguiendo el camino, a unos 20 metros de la escuela se encuentra la tienda de abarrotes. Este comercio vende artículos de primera necesidad, refrescos y algunas chucherías como papas fritas y caramelos a quienes tienen la suerte de contar con un puñado de quetzales. Me resulta extraño que una tienda de estas características y ubicada en un caserío de poco menos de doscientos habitantes sea tan rentable como para no cerrar. Uno de los vecinos despeja rápidamente mi duda: en realidad, la parte de atrás de la pequeña caseta esconde una cantina que vende cusha. La cusha es un aguardiente de cirrosis instantánea, elaborado por fermentación de frutas y hierbas, de alta graduación y sabor árido-terroso, que despoja totalmente de voluntad a quienes beben más de un vaso. Para los hombres, el bar es el único entretenimiento fuera del hogar que existe en la aldea. En esta trastienda acaban a menudo los salarios quicenales de muchos de los varones adultos del caserío de Mano de León. A veces en un solo día. Siempre a costa del bienestar de sus mujeres e hijos. Porque al final son ellos los que, sin comerlo ni "beberlo", cargan con los peores efectos del consumo irresponsable del cabeza de familia.

Cuando eso sucede, con mucha más frecuencia de la deseable, las mujeres abandonan sus tradicionales labores del hogar y tienen que buscar en otros trabajos el dinero malversado por sus esposos en la cantina. Nombran tácitamente a una de sus hijas como mamá suplente, con la responsabilidad de cuidar y proteger a los más pequeños de la familia. Los chicos  tienen sus propias ocupaciones...

A las cinco, cada mañana, despiertan al sol con sus golpes de machete. En la oscuridad, las chispas que brotan del metal en su contacto con la piedra brillan como luciérnagas. Es el candil intermitente que los acompaña cada día. La mayor parte de los niños tienen desde muy temprana edad sus propias responsabilidades con los campos de maiz. A veces, ese compromiso les priva de ir a la escuela, de tener un futuro. En Mano de León el tiempo se paró hace mucho; en su sociedad, el hambre no se ahuyenta con libros. En Mano de León el hambre se calma únicamente con tortillas de maiz, frijoles, arroz, nunca fruta, y rara vez carne. No es el menú de una cárcel, es la dieta que día tras día condena a la malnutrición a los niños del caserío. Este círculo vicioso mantiene eternamente separados a los pequeños de ese deseado futuro, porque no hay un estado que vele por ellos, los más frágiles, los más necesitados, ni una familia consciente de su obligación para con sus hijos. Los niños van cumpliendo años de sufrimiento involuntario, de vida consumida, como de ceniza, sin salir de su ignorancia, sin conocer otra vida que debería ser la suya.


Volviendo de un día de trabajo
                                        
Mano de León es un infierno por omisión, incluso Dios se ha olvidado de ellos.

Retiro lo anterior, un lugar lleno de ángeles nunca será el infierno...

Buenas noches.